Tras mi propio rastro- Hechizos

jueves, 12 de enero de 2012

Alarma

Cuando Reiko era cachorra aprendió, en sus horas de soledad y esperanza cuando se quedaba sola en el departamento que compartíamos los tres, que cuando el "beep" particular de la alarma de Jeep sonaba, seis pisos abajo y afuera, nosotros, o al menos él, acababamos de volver. Lo sabíamos porque, como reacción a tal alegría, Reiko comenzaba a chillar y era posible escucharla justo después de que las puertas de la camioneta se habían cerrado y la alarma había sido echada. 
Tres años después, otro departamento y Reiko sigue chillando, expectante, cuando escucha ese sonido, ocho pisos abajo. Se queda esperando junto a la puerta un rato y después vuelve al olvido, siempre de noche; porque en el centro no se escuchan alarmas sino hasta ya entrada la noche y yo, que no puedo dormir y sin la esperanza de que alguien venga de vuelta, también me pongo a chillar.

viernes, 30 de diciembre de 2011

El paciente

La caminata hasta el consultorio fue tortuosa. Masas de personas balanceándose con torpeza inundaban las calles y las banquetas. La Alameda es ahora un parque de diversiones y, como el doctor no ha llegado, salgo del edificio y me siento en los escalones de un gran juego mecánico muy colorido que aun no está en funcionamiento. A unos pasos de mis pies veo algunos objetos que han sido barridos: un volante doblado, tres huesitos de pollo, tres colillas de cigarro, un pañuelo grasiento, mugre, un boleto de lotería sin suerte y un ratón seco con las patas y las piernas pintadas de azul marino. Un montón de desechos. La ciudad nos acumula.

sábado, 24 de diciembre de 2011

Navidad

Me pregunté qué pasaba hace un año, en el molde del calendario en el año pasado. Los registros indican pérdida de peso y de inspiración. Ahora estaría ayudando, aunque con bastante indulgencia, a mi madre a preparar la cena, hoy sería noche de envoltura de regalos; mi parte favorita del evento, probablemente tendría las piernas adoloridas por las compras hechas con prisa. Me acercaría al árbol para olerlo, pediría a mi hermano que bajara el volumen de la televisión para poder leer. Saldría a fumar un cigarro y miraría alrededor con una sensación entre nostalgia y culpa por no vivir más con mi familia, el frío sería reconfortante. 
Bajo esta nube de suposiciones, del otro lado de la proyección, me encuentro varada en el edificio número treinta y nueve. Hoy no hubo electricidad durante el día. Ahora estoy en Starbucks y tengo miedo de volver a casa, de prender la luz y encontrarme sólo con la miseria de mi piso no adornado, polvoriento, lleno de pelos, la luz debería permanecer apagada. En el triángulo, el único, que no puedo ver cuando abro la puerta, se agita de emoción Reiko, la estrella navideña de este año.

sábado, 3 de diciembre de 2011

Almas y hojas

Aquellas hojas no terminaban de caer. En el cuadro apenas se mueven, bajan; creemos, pero después de algunos años sin verlas tocar el suelo comenzamos a sospechar que, entre parpadeos, retroceden hacía las ramas, vuelven a ellas como enamoradas. 
Bajan, amarillentas, azucaradas. Llaman para avisar que ya casi llegan y las almas sedientas de la tierra, ciegas, crédulas, alzan las manos, acercan las bocas, los sexos ansiosos y las hojas no llegan al suelo.
Las almas no las pueden tocar porque las hojas están superpuestas en nuestra pupila, son cataratas, manchas, no son más que motas de polvo fijadas en el cristal. 

sábado, 26 de noviembre de 2011

Línea azul

Aquel hombre hacía, como la mayoría de nosotros, lo que le resultaba más natural: exponía su condición marginal por los vagones del metro y las avenidas más concurridas, esperando a cambio una moneda. 
Si podía hablar era un misterio para los que lo veíamos deambular por la vía pública. Los instrumentos con que cargaba eran curiosos; una botella de refresco enorme con el cuello cortado, llena de bordes hechos a mano y adornada toda con brillantina y un peine rosa fucsia colgando de un cordón atado a la botella, el peine servía para rascar las lonjas del envase y producir un sonido apagado y arrítmico, que acompañaba con una serie de mugidos provenientes de su estómago, como la voz articulada del hambre. Su boca gesticulaba más de lo que producía, parecía que estuviese buscando aire, parecía estar tomando interminables bocanadas, sin saciarse. Parecía estar a punto de decir algo. 
Era el monólogo mudo de un durmiente, pero con los ojos abiertos, muertos, sin dientes, cercados por una prominente barba descuidada y sin descanso. Del otro lado del mundo, a un par de metros, otro mudo del vagón  balbucía para nadie, con su pluma, la silueta del vagabundo. 

martes, 1 de noviembre de 2011

Noches de noviembre

El que me hubiera visto bajar del elevador con los ojos hinchados, acuosos y la nariz enrojecida y llena de mocos, sosteniendo mi basura orgánica muy cerca de mi pecho -Reiko y dos mosquitos eran la única cosa viva en el elevador- habría tenido varias opciones para adivinar; el estúpido pensaría que lloraba porque tenía que tirar mucha comida intacta, el sardónico diría que lloraba por haber perdido la correa de mi perra, el cursi sentiría que lloro porque vivo sola en el último piso: "una muchachita tan jóven y callada, tan solita", porque no debe ser fácil estar sin la familia -y habría acertado un poco-, el cruel creería que invento mis estados de ánimo y me paseo con ellos para regresar a mi cueva a escribir al respecto. Por fortuna mis vecinos se procuran una vida fuera de los pasillos que Reiko y yo recorremos intentando olvidar, sólo el no-vecino malvado, el izquierdo, el ojo que veo por el rabillo del mismo círculo que ve... ni se muda ni se calla.

lunes, 31 de octubre de 2011

Notas de clase

Tomo la pluma y la sostengo expectante a unos milímetros del blanco, "el príncipe de las tinieblas" escribo y la violencia del artificio que las 15 letras de la frase deberían contener se pierde, a primera vista, entre el resto de los trazos iguales que se repiten y manchan en líneas disparejas la hoja, cada vez más llena.
DUALIDAD. Nombres de la historia. Letras del tiempo. Voz en el tiempo recitando los nombres. Mis ojos calientes ("quiere llorar, quiere llorar") mis ojosardientes se quieren cerrar.
LIBERTAD. Yo puedo no leer a Góngora.