Tras mi propio rastro- Hechizos

martes, 1 de noviembre de 2011

Noches de noviembre

El que me hubiera visto bajar del elevador con los ojos hinchados, acuosos y la nariz enrojecida y llena de mocos, sosteniendo mi basura orgánica muy cerca de mi pecho -Reiko y dos mosquitos eran la única cosa viva en el elevador- habría tenido varias opciones para adivinar; el estúpido pensaría que lloraba porque tenía que tirar mucha comida intacta, el sardónico diría que lloraba por haber perdido la correa de mi perra, el cursi sentiría que lloro porque vivo sola en el último piso: "una muchachita tan jóven y callada, tan solita", porque no debe ser fácil estar sin la familia -y habría acertado un poco-, el cruel creería que invento mis estados de ánimo y me paseo con ellos para regresar a mi cueva a escribir al respecto. Por fortuna mis vecinos se procuran una vida fuera de los pasillos que Reiko y yo recorremos intentando olvidar, sólo el no-vecino malvado, el izquierdo, el ojo que veo por el rabillo del mismo círculo que ve... ni se muda ni se calla.

lunes, 31 de octubre de 2011

Notas de clase

Tomo la pluma y la sostengo expectante a unos milímetros del blanco, "el príncipe de las tinieblas" escribo y la violencia del artificio que las 15 letras de la frase deberían contener se pierde, a primera vista, entre el resto de los trazos iguales que se repiten y manchan en líneas disparejas la hoja, cada vez más llena.
DUALIDAD. Nombres de la historia. Letras del tiempo. Voz en el tiempo recitando los nombres. Mis ojos calientes ("quiere llorar, quiere llorar") mis ojosardientes se quieren cerrar.
LIBERTAD. Yo puedo no leer a Góngora.

miércoles, 12 de octubre de 2011

Soberbia

Alguna vez -entre los trece y los quince años- creí que masticar hostias era la prueba última de que en adelante mi vida sería una sucesión de escupitajos directos a la cara de Dios.
Hoy, tras algunos cigarros, tés y chismes creí que una tarde era suficiente para penetrar la Retórica y salir airosamente germinada, dejando las hojas blancas y negras manchadas con tinta rosa flourescente. Dios sabía, sin embargo, que si algo necesitaba después de una tarde ociosa de incomprensión que desató mis cuerdas vocales y, por qué no decirlo, mi estupidez, lo único que realmente necesitaba eran seis cuadras caminando en la lluvia y el frío sin paraguas o abrigo para recordar que tanto mis intentos intelectuales son vanos como mi cuerpo mortal y enfermizo.
Él sabe también que cada día que amanezca soleado en una fila de lluvia desalmada yo saldré ingenuamente en shorts y sin paraguas hasta la eternidad. 
El bulto caliente y peludo me esperaba, y ahora creo que nada ha sido en vano, aunque las lámparas del pasillo siguen sin prenderse cuando paso frente a ellas.

viernes, 26 de agosto de 2011

Las dos partes del parque

Corría. Era de noche y había estado lloviendo. El pavimento brillaba bajo los faroles y las hojas húmedas parecían extasiadas, maliciosas, obscuras... La hinchazón posterior a la orgía. Mi cuerpo se inclinaba hacia adelante y con cada paso sentía que estaba por caer, pero seguía corriendo y los caminos que cruzaban el parque los pisé todos en cincuenta golpes de suelo. Los cuadros ensombrecidos y lodosos que no toqué llamaban, poco a poco comenzaron a poblarse de jóvenes lascivos que me invitaban a entrar, pasé sin detenerme, esquivándolos y aun así, volví a mi pista enamorada.

viernes, 5 de agosto de 2011

Cabeza

Foto de http://www.underdogph.com/
Entraban y salían de la habitación, apenas se fijaban en mí; les bastaba saber que estaba ahí. Yo permanecía inmóvil en mi salubre pesebre, me encogía con los días y mi piel adelgazaba. Cada vez los sentía mejor sin tener que abrir los ojos, ni reconocerlos, ningún gesto era necesario en aquel mutuo acuerdo de indiferencia y dolor. Fue al fin el dolor el que asentó su reino en mi cuerpo, condenando cada gota de sangre, de orina. Me repetía que estaba sola, que siempre estaba sola y que tal vez mi soledad no terminaría en el cuarto mal iluminado en el que ahora me encontraba. En el delirio aun podía distinguir el cruel absurdo que era que mis merodeadores vistieran de blanco. Los demonios disfrutan esas farsas. 

jueves, 30 de junio de 2011

Lluvias

Si a las cuatro de la mañana sigo despierta e intentando dormir, entre cobijas germina el deseo de cambiar mi vida. Los ojos abiertos contra el techo ennegrecido por la sombra comienzan a soñar con paseos intercontinentales, con desayunos a las ocho de la mañana, con zapatos nuevos, libros reveladores y una nube sensorial sobre mí; una nube rosa que lleva un letrero que dice "FELICIDAD". Así me pierdo en ensoñaciones y las piernas se sienten agitadas, listas para saltar de la cama y correr hacia la pequeña puerta al final del túnel. Y llega un momento en el que el arenoso tiempo cierra mis párpados al sueño y muchas horas después despierto a una vida un poco más desgastada, pero muy igual al fin y al cabo.

martes, 14 de junio de 2011

Alas

Estaba acostada en la cama sin esperanzas de leer, escribir, ver una película o dormir. Permanecía sólo recostada, fijando la vista en los distintos muebles que cabían en el ángulo permitido por la cabeza: la ventana y la puerta siempre, y afuera, enmarcado en la ventana un juego de poder entre el azul y el rojo. 
De pronto toda su atención se centró en un pequeño cuerpo que se movía desde antes, pero desenfocado, en la escena; una mosca había estado dando vueltas imprecisas sin variar la altura más de diez centímetros. La mosca estaba atrapada en una búsqueda imperfecta y torpe, tal vez de felicidad, de libertad, de paz o de amor, tal vez huía a la muerte, pero desde el colchón y sobre la imagen de la esquina del imponente edificio atisbado desde adentro del piso, su trayectoria lucía absurda. La pequeña diosa de la pereza se preguntó si acaso nuestra heroica humanidad tiene el mismo aspecto para Dios.
Por fin, levantó el cuerpo de la cama con paso seguro hacia lo cocina, iba por el insecticida.