Tras mi propio rastro- Hechizos

sábado, 6 de junio de 2015

Temporada de higos

Yo no sé si tú te acuerdas, de cómo era al principio. El árbol se vino abajo.
Recuerdo el pasillo negro y la noción de cuatro puertas. La última puerta, el rectángulo iluminado al final, daba al patio, y en el patio había una higuera. Fragante. 
Diremos que el principio fue dulce. Manos cálidas sintiendo mi espalda. Un millón de alegrías y la ingenua manía de jugarse las cartas y poner en el acto, sobre la mesa, la esperanza. Y, de todas formas, ¿de qué más disponíamos?
Los frutos maduros llamaban desde la soledad del patio. Caminábamos, niños, doblemente cegados por el perfume y el resplandor del sol sobre la arena al final del pasillo. Íbamos en procesión hasta la higuera para quemarnos los pies. El árbol nos recibía, rodeado de higos podridos. Y el zumbido de las moscas nos aturdía. Entre las frutas reventadas y hervidas de hormigas no se podía escoger. Los higos comestibles estaban lejos del alcance de nuestras manitas.
¿Y qué? Al fin y al cabo, solamente nos quedamos con los comienzos, con la primera seducción, con la primera nota.




jueves, 4 de junio de 2015

"Y así"

Son las mismas cinco niñas. Pasan los años e inevitablemente la piel de algunas se va volviendo menos tersa y la cara colapsa sin afectar mucho la composición general. Las reuniones de repente ya no son dentro de instituciones educativas; el área de juego de la primaria o el patio de la universidad, ahora las señoritas se encuentran en terrazas de cafés para hablar de hombres ("A mí me gustan los extranjeros") y de viajes ("Fui tres veces a Berlín").
Piden galletas y cafés descafeinados para narrar aventuras y desventuras amorosas. Se recogen la melena en una cola de caballo con afectación para luego soltarla de nuevo.
De una u otra forma, después de tanto Berlín, Francia y Nueva York, están aquí, en México, en la Ciudad de México y en la calle de Havre presidiendo una mesa redonda llena de calorías y chismes.
"Era el francés más guapo, pero nos peleábamos fuerte."
A cada una le toca el turno de microrelatarse y recibe invariablemente frases de aprobación de las demás. Pero todas meten y sacan las carteras del bolso, listas para irse en cualquier momento, entre antes sea mejor.

domingo, 31 de mayo de 2015

La espera

Escribir. Borrar. Volver a empezar. Esto es lo único sensato que se me ocurre decir, a partir de ahora vienen los balbuceos. 
Durante la última semana he experimentado pequeñas ráfagas de lucidez respecto a mi situación actual que son cada vez más articuladas, puesto que ya no vienen en la forma pura que me hace sentir un derrumbe interno, sino que llegan como nociones. Conclusiones respecto a temas de orden  narcisista. La primera noción tiene que ver con eso mismo, mi absoluta incapacidad para enfocar mi energía, atención o esfuerzo en algo ajeno a mí. La segunda es que ya voy a cumplir 26 y no puedo más que reconocer que ninguna de mis expectativas pasaron de ser eso. 
Todavía detesto mi cuerpo. Todavía no puedo entablar una conversación agradable con nadie. No puedo escribir. No puedo ser feliz. No puedo dar ese susodicho primer paso, el primer paso para salir de este lugar detestable. No puedo dar gracias. No puedo disfrutar las "pequeñas cosas". La mayor parte del tiempo no encuentro nada que celebrar. Pienso constantemente en las ausencias. 
Vivo en un dolor constante, quieto y adiestrado que ojalá me volviera loca, pero solamente me tiene esperando.


martes, 26 de mayo de 2015

La respuesta

Es como dormir, pero de forma misteriosa sabes que en otra vida fuiste uno de los estudiantes de cine que ahora buscan, entre montañas de cintas apiladas tan altas como los Alpes... Uno, dos, tres. ¿Y qué buscan? Yo soy el tercero, el burlado. No voy a sobrevivir, esto también lo sé.
En sueños aparezco atormentado, como una joven que luce triste la mayor parte del tiempo, tiene un pajarito enjaulado y vive en un departamento minúsculo donde colecciona objetos de todo tipo. Pareciera estar atrapada en ese espacio. Cuando sueño con ella despierto triste, anoche, por ejemplo, intentó suicidarse y mis propios alaridos y sudor me despertaron.
Nadie cree que me tocó. En el estado fantasmagórico en el que yacía sobre la cama escuchaba sonar el teléfono, pero no podía moverme. De repente algo -un cuerpo- pareció acomodarse al pie de la cama, contra las plantas de mis pies y fue como si dos piezas por fin se unieran, y dijo "Vamos". La fuerza no me alcanzó para responder que no, pero ¿quién era y a dónde iríamos? Poco a poco la sensación en los pies se fue. Luego sentí en el torso el tacto de diminutos dedos, dos manos de trigo me jalaron y esta vez escuché "Ya nos vamos". Estaba petrificada y muda, pero logré gritar "No" e inmediatamente después me levanté a responder el teléfono. Me dolía la garganta. Estaba aterrada. 

lunes, 25 de mayo de 2015

Un vaso de agua

Tres días buenos por veinte días malos, como todavía no me siento iluminada, este balance no me resulta satisfactorio; el cantadísimo problema de la insatisfacción crónica. Tengo hortensias azul eléctrico y lirios de agua púrpura con amarillo en un florero pero nada dura más de dos días, el sábado sólo de verlas me alegraba y ahora no puedo más que pensar en cómo se van a ir marchitando hasta quedar apestosas y duras en la basura.
Tengo ataques de llanto intermitentes que llegan mientas orino, mientras pongo la ropa en la lavadora, mientras desayuno, mientras leo y mientras intento distraerme de ellos.
Tengo la sensación de derrota encima, trepada sobre los hombros, y me ahogo.

jueves, 21 de mayo de 2015

Nadie se acuerda

Hace más de un año que no escribo nada aquí, tal vez porque tomé la costumbre de llevar un diario que consume tinta en lugar de dolores de cabeza. En ese diario tampoco sucede mucho, a decir verdad cada vez escribo menos porque ¿para qué? Y como dejé de escribir ahí regreso acá, con la esperanza de que los días recobren el sentido y yo pueda sentirme un poco menos angustiada y menos ansiosa. A veces la única manera de sobrevivir tanta nimiedad es pretender que los pequeños acontecimientos de la vida cotidiana son otra cosa, una cosa al menos digna de ser verbalizada, transmitida por medio de palabras -para que alguien o nadie reciba el lamento.
Reiko yace dormida a mi lado sobre la cama y sobre Noticias del imperio, hoy la ciudad está fascinada por un halo solar, en la calle todos tienen la cabeza torcida hacia el cielo, todos sacan fotos con sus celulares y luego siguen su camino. Cuando volteé a ver qué era eso que jalaba los ojos de los transeúntes hacia arriba encontré ese arcoíris circular y me pareció que no podría anunciar nada bueno (eso me dijo el primer vistazo), pero ahora sé que anuncia lluvia.
Me pregunto cuánto tiempo más va a seguir viéndonos ese ojo.

sábado, 15 de marzo de 2014

Disfraz

Tardé en darme cuenta, pasaron unos quince minutos en los que caminé y tomé el metro hasta que me percaté de que algo extraño ocurría con mi atuendo. No era sólo el que nadie más en el vagón dentro de mi rango de edad trajera una especie de conjunto de falda y blusa con el cabello recogido en una cola de caballo invertida, al verme reflejada en los cristales de la puerta junto a otras tres chicas me sentí absolutamente desentonada; fuera de lugar. Había una especie de solemnidad ridícula en el cuello alto de la blusa y los botones de perla de sus puños. Todo rematado por unos loafers poco amistosos.
Total: me dirigí a mi destino portando lo mejor que pude mi desfase temporal. En el centro comercial no me sentí más cómoda, así que decidí soltarme el cabello esperando quitarme algunos años de encima. 
-¿Mejor?
.¿En qué sentido?
-¿Parezco menos anciana?

Mi novio simplemente sonreía mientras yo maldecía y clamaba por los mejores tiempos en los que la gente se tomaba en serio lo que se ponía, aunque en realidad deseaba volver a mi casa para ponerme unos pantalones de mezclilla, una sudadera y borrarme la puntiaguda y gruesa línea negra que se elevaba sobre mis párpados.
Para romper la maldición y dejar claro que no carezco de sentido del humor, opté por comer una rebanada de pizza acompañada de una Pepsi. Al volver con la charola a la mesa, él simplemente comenzó:
-Había una serie porno en los ochentas de colegialas en la que, bueno, las señoritas llegaban a la escuela muy vestidas, así como tú y luego...
-Sí, me imagino. Me imagino.

lunes, 6 de enero de 2014

Aeropuerto

Me quedé sola con mis dos maletas. Se llevaron a Reiko en una jaula y mi papá y hermano caminaron hacia la salida. Cuando nos despedimos no pude verlos a la cara porque no quería que se dieran cuenta de que el llanto me había vencido desde que mi papá anunció que tenían que partir. Tampoco pude pronunciar ninguna despedida para no estallar en sollozos; me limité a abrazarlos y esconder el rostro, pero sé que sabían perfectamente que estaba llorando.
Apenas es cierto que la gente llora en los aeropuertos, hasta la fecha no he visto a nadie excepto en mi reflejo. Los niños me ven extrañados, debe parecerles curioso que alguien de mi estatura tenga la cara roja e hinchada con ríos corriéndole en todas las direcciones, igual que ellos cuando su mamá no los deja ir a jugar hasta que terminen su plato de comida.
No sé si quienes me pidieron mi pase de abordar, identificación, colocar mis pertenencias en una cesta y extender los brazos y dar la vuelta se dieron cuenta de las lágrimas, sospecho que no, pero tampoco esperaría un abrazo o una palabra amable de ellos.
Luego de pasar por los retenes salí corriendo al baño con la esperanza de poder chillar en paz, pero resultó imposible porque había una mujer hablando por teléfono sobre regalos de Navidad. Me limité a descongestionarme la nariz y llorar de forma queda un rato hasta que sentí que podía salir y controlarme, pero no fue así.
Una señora compró un sandwich por cincuenta y cinco pesos y me pregunto sobre qué estarán conversando mi papá y mi hermano mientras van de regreso por la carretera y los ojos se me inundan de nuevo. Menos mal que traigo mascara a prueba de agua. Tal vez debería encerrarme en el baño hasta que abordemos porque tengo muchos mocos y lágrimas y comienza a ser vergonzoso estar escribiendo para ocultar la cara y sentirme tan triste por tomar un vuelo de tres horas que me lleve de regreso al lugar hacia el que hace seis años tanto deseaba escapar. Los niños siguen merodeando a mi alrededor. 
Prometo ya no llorar. Ya tengo la cara hecha un tomate, cualquiera diría que me dirijo de emergencia para reconocer el cadáver de mi madre en el Distrito Federal.
En la fila para comenzar el abordaje un señor me dijo "disculpe, Dios la ama" y sin ganas de comenzar una discusión sobre Teología, asentí.

martes, 3 de diciembre de 2013

Casi miércoles

Reiko se ligó a un argentino bastante guapo en la entrada del Oxxo. Parece ser que mi perra atrae al tipo de hombre que a mí me gusta: alto, cabello ligeramente cano, ojos verdes y dispuesto a discutir con el cajero por trivialidades en torno a un encendedor. 
Se acercó a ella cuando intentaba dejarla sentada junto a la puerta para poder entrar y comprar una lata de comida para perro y una botella de agua. Desde la semana pasada la comida de Reiko se terminó, y como mi portera estuvo de vacaciones, hace cuatro días que el garrafón de agua se vació y he sobrevivido comprando botellitas caras. Todos los días bajo a comprar esas dos cosas. 
Entré al Oxxo, fui primero por la comida de perro y luego por el agua y a lo lejos veía cómo el guapo se ponía de rodillas para abrazar a mi perra. Vi sus zapatos porque no me atrevía a verle la cara, tan atractiva como era, temía fracasar en mi intento por disimular fascinación igual que fracasé antes en el intento de hablar cuando primero se acercó a saludar.
Esperaba que mi tarjeta resultara aprobada. A unos pasos veía cómo ponía su cabeza junto a la de ella y la acariciaba, Reiko movía la cola, la misma Reiko que unos minutos antes estaba meando como machorra las esquinas de todos lados en Gante, mientras yo me sentaba a verla, asegurándome de que, en celo como está, no huyera con algún tipo guapo de mediana edad y me dejara ahí sola, parada en la caja de un Oxxo, con la hoodie negra y vieja llena de pelos, con la cara de cansancio y el cabello desgreñado, seguramente. 

jueves, 24 de octubre de 2013

Tres días sin sol

Sentía cosquillas en los labios pero no ganas de hablar, ni ganas de escribir. Cada que alguien me hacía una pregunta el instinto me dictaba huir hacia el interior del horno prendido, de las páginas de un libro cerrado o llanamente mentir. 
Miento porque no tengo alternativa, la verdad es un ente difuso e inaccesible. Inexistente. 

La verdad ahora es crema dulce de coco y los pies calientes debajo de un perro enfundado en un suéter azul de lana y risa espontánea de estúpida, un poco de culpa, un poco de acidez estomacal, todo es culpa del topiramato, planes para el domingo, cosquillas en los labios, -a nadie le importa esto-, la verdad ya no me importa porque hace frío pero yo tengo los pies calientes debajo de Reiko y hoy el sol salió a las seis de la tarde para recodarnos que existe y despedirse de nuevo. 

lunes, 30 de septiembre de 2013

Cuasi tragedia

Una de las historias que serían increíbles si tan sólo no habrían surgido de "la realidad", sería el homicidio accidental que estuve a punto de cometer mientras cocinaba.
Con lo distraída que soy y lo entrometida que es Reiko el índice de catástrofes potenciales crece. Yo cortaba papas con el cuchillo más grande del arsenal, ya antes me han reprendido por cortar en dirección a mi pecho, ya antes me he golpeado la cara por aplicar mal la fuerza y hoy, mientras daba unos pasos ciertamente sin rumbo ni objetivo, empuñando el cuchillo en la diestra, Reiko se cruzó en mi camino y estuve a punto de apuñalarla. A decir verdad la imagen es bastante ilustrativa, dos entes vacilantes siempre a punto de matarse el uno al otro. Las pelotas mal puestas de la perra ya muchas veces han atentado contra mi columna vertebral.
¿Qué habría sido de mí? ¿Cómo se lo explicaría al psiquiatra?
Del pastel de papas directo al manicomio, tendría que llamarse mi libro de memorias.

domingo, 22 de septiembre de 2013

Siete minutos, más o menos

Ya mucho se ha dicho sobre el influjo que tienen los domingos sobre las personas que se encierran en su departamento, abatidas por la idea del lunes, creando una fortaleza temporal entre las sábanas y mirando fijamente la pantalla del televisor. 
Sin querer se encontró parada junto a la estufa leyendo un libro de cuentos de una escritora "feminista". Leía mientras se aseguraba de que la sopa no se pegara al fondo de la olla. Las burbujas subían, los gritos entusiastas de la calle que vendían trajes al tres por uno subían también y resultaba difícil concentrarse en las palabras estáticas que relataban prolongaciones de segundos en las conciencias artificiales de personajes apenas esbozados. 
Las preocupaciones sobre envíos de paquetes, dinero y la insuficiente limpieza de la cocina cruzaban como helicópteros ruidosos su concentración en el texto. Demasiado ruido era la constante de sus días, aún cuando a veces el ambiente se encontraba limpio. Cuando no se podía concentrar, un ligero dolor de cabeza comenzaba a apoderarse de la escena. El ruido era tal que sentía ganas de ponerse a llorar, romper el contrato de arrendamiento y mudarse a una habitación de paredes acolchadas, aislada de cualquier vibración audible proveniente del exterior.
En cualquier momento la sopa estará lista y el cuento va a haber llegado a su fin.

jueves, 29 de agosto de 2013

Las formas misteriosas

Las bragas tienen un promedio de vida corto. Tienen un potencial altísimo de perderse y de arruinarse, las muy bonitas se rasgan con el más leve jalón, con la más leve muestra de entusiasmo, en las lavanderías simplemente desaparecen, anónimas, en el torbellino de prendas íntimas que une a unos con otros en perfecta armonía. Nadie cree que sea posible, (pero acabo de escuchar a mi vecina de un piso abajo gritarle a su perro que ladraba "¡ya!"), pero en situaciones de prisa o de incomodidad salimos corriendo de casas desconocidas sin calzones, esperando que en nuestra ausencia nos representen con dignidad. 
Alguien tocó a mi puerta por la tarde, era una chica con un acento sudamericano que no logré identificar. Reiko le saltó en la cara y la hizo retroceder muchos pasos en el pasillo. Venía a preguntar si podría usar mi secadora de ropa, mintió sobre sus razones, por supuesto, pero esas cosas no se niegan. Sobre todo si alguien tiene la desvergüenza de preguntar. 
Cuando fui al cuarto de lavado encontré sus pequeñas bragas azules de encaje en el piso, prueba última de que no eran las sábanas de su anfitriona lo único que quería secar, junto a ellas había un calcetín. Tomé ambos trapos y me dirigí a su puerta con una sonrisa irónica en el rostro -sospecho-. Nadie abrió la puerta, toqué de nuevo, Reiko movió el tapete de bienvenida. Nadie respondió. Dejé sus prendas colgadas de la chapa, en memoria de todos los calzones que aún lamento haber perdido.

domingo, 28 de julio de 2013

Somewhat

Me pregunto si se pueden sobrevivir setenta años sumida en la indiferencia, en medio de un bostezo. Estoy ahuecando mi cama de tantas vacaciones. El hoyo negro sigue succionando todas las posibilidades de felicidad, cifrando nuevas cada vez más complejas.
No hay miradas interminables al techo sin grietas de mi departamento, como las novelas me enseñaron que hacen los protagonistas tribulativos. Las grietas del techo van bien con las dudas existenciales, y como yo no tengo más pesares que no poder comprar un par de botas caras, mi techo se mantiene uniforme.
Entre los asuntos más relevantes que encuentro en mi vida está que volvió mi hábito de morder y chupar la ropa que traigo puesta; nunca la doblada, por ejemplo, ese las monjas me lo quitaron alguna vez y no sé si ahora puedo erradicarlo sola.
Tengo que decirle al psiquiatra que me distraigo fácil, que el decorado de cartón se cayó otra vez del escenario, que la ansiedad se viste de alergia, que los párpados se me están obscureciendo. Que estoy harta de pasar los días esperando, esperando...

Es una inmensa cobardía seguir tirada en esta cama y no estar volando por la ventana.

martes, 9 de julio de 2013

Un gesto

Me puse por primera vez la chamarra que compré cuando la temperatura estaba alrededor de los treinta grados. Últimamente en nuestros paseos nocturnos hace frío y el viento sopla en Gante. Hoy estrené. Durante un rato me dedico a lanzarle la pelota a Reiko, perseguirla, gritarle, felicitarla, me convierto en su payaso y ella en la reina.
Estoy acostumbrada a que a media noche la gente se nos quede mirando, parece ser que hacemos una pareja vistosa. Ella feliz y yo medio muerta, pálida y abatida. Algunos transeúntes se acercan, a los vagabundos les gusta saludar a los perros y preguntar sus nombres. Ya no les temo, aunque algunos me ponen nerviosa.
Pasó un comerciante de la calle con una bolsa negra de plástico al hombro, desde lejos vi cómo dirigía sus pasos para pasar a nuestro lado y cómo, ya más cerca pero habiéndonos pasado, se quedó de pie hurgando en su bolsa. Fingí no darme cuenta. Tiré la pelota. Me concentré en la misión de cansar a Reiko.
De repente estaba a mi lado ofreciéndome una rosa, preguntando si podía regalarme una flor. Lo miré esperando que diera el precio para poder decirle que no cargaba más que mis llaves pero él guardó silencio y tras una breve pausa preguntó de nuevo. Dije que sí y estiré la mano, todavía dudosa. Sostuvimos la mirada. Era joven y bien parecido. Me pasó la flor y se dio la vuelta. No sé si sonreí. Me quedé ahí parada, un poco sorprendida y pensando en las posibles formas en las que esta rosa podría llevarme a ser secuestrada y violada.
Ahora la flor está bien acomodada en una botella, sobre mi escritorio. Venenosa tal vez.
La ciudad está llena de mitos, de miedo a los desconocidos. 

miércoles, 5 de junio de 2013

Después del cine

La película me absorbió el ánimo. Vació mi capacidad para responder al mundo. El cine suele ser fácil de complacer -al menos las películas que yo voy a ver-, siempre sé qué esperan de mí: que me maraville, que las odie, que llore o que sienta ganas de cambiar mi vida. Ganas de cambiar mi vida. 
Salí de la función seca y confundida, sola. Regresar al mundo tridimensional es todo un trauma desde ese espacio negro y controlado que no exige operaciones complejas como responder ante la pobreza, la violencia y la intrascendencia.
Me siento sola. Tengo miedo de que mi depresión haya vencido a la cápsula de liberación prolongada que se suponía que la iba a erradicar de mi sistema, tan simple como las palabras lo dicen. Tengo miedo de que el caballero Symbyax yazca descuartizado en algún rincón de mi cuerpo. No quiero estar deprimida, pero no puedo dejar de sentirme sola y extraña. Extrañamente solitaria. 
Ya no confío en los antidepresivos, mejor me tomo un ansiolítico, me lavo la cara y me duermo.

martes, 7 de mayo de 2013

Contrapeso

Algo tenía que ser. La indiferencia ante las ollas con comida podrida, el dolor en el costado izquierdo, las ganas de amurallar la cama y desaparecer, la ansiedad incansable que la mantenía despierta y acalorada por las noches. Cada causa ha de tener su efecto. Olvidar vasos en el congelador no puede ser un acontecimiento completo en sí mismo. Tal vez el ruido, el polvo, la gente, el sol, eran las uñitas que escarbaban en su seno derecho. Pero no podía ser, era todo muy trivial para ser contrapeso de esos llantos, de esas ganas de pincharse las orejas y correr directamente hacia las paredes. Así que si todo estaba tan bien; la infancia, la familia, la pareja, el perro, el cuerpo, debía tratarse de cuestiones químicas y eléctricas. Los contrapesos imaginarios de los condenados. 

lunes, 29 de abril de 2013

Otra forma de colmo

Se me volvió costumbre llamar a los días malos, hasta he ampliado mi lista de adjetivos para incluir sutilezas y que este malestar no suene tan tedioso. Aparte de las nimiedades de denominación, hay un monstruo con patas y cuernos y colas que se instala sin miramientos y no importa cómo lo llame o si pretendo ignorarlo, causa sus estragos en mi ánimo sin compasión. Síndrome premenstrual no hace justicia a su naturaleza diabólica. 
Al salir de clases me consolé el hambre pensando que cuando llegara a casa había un envase de queso Philadelphia con pasta puttanesca que preparé hace una semana. Compré un snack para el camino y cuando llegué a casa estaba tan de buen humor que me decidí a preparar arroz teriyaki de bolsita. Abrí la ventana porque corría un viento agradable y el olor concentrado de Reiko no es para relajar a nadie. El agua estaba hirviendo en la olla y puse el arroz duro con polvo y vegetales petrificados dentro, tomé la bolsa para revisar las instrucciones y tuve que lanzar un grito, uno de esos gritos instintivos de auxilio antes de darme cuenta de que la bolsa se estaba quemando, gracias al efecto del viento sobre la flama, y mi dedo junto con ella.
Las ventanas se cierran hasta nuevo aviso. 

domingo, 24 de marzo de 2013

Ciertas vacaciones

El agua corre tibia sobre los desechos de la loza acumulada de la semana. Todos están de vacaciones. Mi perro chilla e inútilmente le pregunto por qué, como si no supiera que su felicidad consiste en correr nuevos pisos y oler la orina de sus semejantes en las esquinas. 
Lavo los platos, las tazas, los cubiertos y ese incesante sonido de agua hace correr mis propias lágrimas. Lágrimas de nada, podría decirse; o lágrimas de encierro; o lágrimas de arrepentimiento, sencillamente. Me inclino un poco en la pared porque el llanto es agotador, pero no dejo de fregar la cuchara; alguien tiene que poner orden en esta cocina, y esa no va a ser Reiko.

lunes, 4 de febrero de 2013

La dieta

Habían pasado apenas dos días desde que depositó dos bragas, un pantalón, desodorante y otros componentes del kit de supervivencia en casas ajenas y, junto con la perra había mudado su residencia temporalmente a la casa de su amantenovio. 
Ya se había acostumbrado al lado derecho de la cama, ya se había acostumbrado a la antes extraña sensación de sentirse observada mientras fingía leer y en lugar de leer revisaba cuentas de Instagram ajenas, ya estaba acostumbrada a estar absorta en un texto y voltear de repente y encontrar los ojos de él perdidos en su dirección, como si la viera, pero no la veía, aunque tal vez la estuvo viendo, hacía ya algunos párrafos, cuando ella no fingía leer y seguramente (pero nunca lo sabría) lucía encantadora.
Desde hacía unas horas la habían asaltado unas ganas obsesivas de comer galletas, pero como el desayuno había sido excesivo y el almuerzo también sentía que no podía simplemente proponer ir al Oxxo a comprar porquerías, además cada dos días clamaba estar a dieta, lo proclamaba para que él le dijera que estaba flaca y que era innecesario. 
¿Mi brazo se ve como el de ella? -preguntó mostrándole la foto de una amiga cercana de brazos regordetes-. No, para nada -respondió él-. ¿Vamos al Oxxo?