Tengo muchas cosas que hacer y no me alcanza el tiempo se me terminaron los antidepresivos y prefiero dormir. Me pasé el día trabajando twiteando, organizando mis papeles probándome ropa; estoy cansada, estoy enferma. No puedo escribir, no vale la pena. Aparte de esto, no sé qué más : te extraño encontré una fotografía que quiero enseñarte.
Tras mi propio rastro- Hechizos
lunes, 13 de febrero de 2012
jueves, 9 de febrero de 2012
Perder
Despiertas y Portishead ya suena en tu cabeza, es raro, la última vez que pusiste uno de sus álbumes fue hace ya algunos meses, casi un año. No estás segura de por qué ahora de nuevo, aunque bastaría un análisis superfluo y te lo explicarías, y luego irías a twittear para decir algo irónico al respecto. Pero no es el caso, porque tu vida, la de afuera, la funcional, se está derrumbando y te duele la cabeza, el cuerpo; incluso tal vez el alma. Sientes el cuello entre frío y caliente y el estómago pareciera estar retándote a que pares sus ambiciones gimnásticas. No hay vómito, sólo mucha saliva y muchas ganas de llorar, pero tampoco hay lágrimas.
jueves, 19 de enero de 2012
Llaves
Reescribiendo la historia, habría tenido que pronunciar -como hablándole a la nada, sentada frente al ordenador en un café, reflejando en mis anteojos páginas sin corregir aun- "el universo me da miedo".
"El universo me da miedo" -dijo- y era la única frase acertada, aunque había venido de no sabía dónde, en un acto violento. Volteaba a la mesa de novedades, buscaba un libro de tapa dura, guinda, que había visto la última vez de ese lado del rectángulo. No se veía. Corrigió una hoja y salió apresurada de la luz tenue de las mesas hacia los iluminados estantes de libros. Revisó con cuidado el costado izquierdo del aparador. Ningún libro guinda. El resto de los lados tampoco lo albergaban. Dio un vistazo rápido a la sección de Literatura Universal, en la S. Ningún libro guinda.
Volvió a la mesa y pensó de nuevo en la lista de libros, sólo faltaba La campana de cristal, decía bromeando, después de eso podía suicidarse en paz.
Como si hubiera paz "y no más bien nada" habría tenido que decir entonces, irónica.
Unas horas después regresó a casa y el timbre sonó, se alegró de recibir visitas inesperadas, acudió sonriente a responder el auricular. Sin sorpresa se percató de que era la portera, anunciando que había cerrado la llave del gas porque su departamento debía tener alguna fuga, ella misma; la portera, había realizado una investigación que lo confirmaba. Parpadeó, seguramente, y volteó a ver el horno. Una de las perillas estaba abierta, abajo de la tetera, silenciosamente perversa. La cerró. Pidió a la portera que reabriera la llave, aun cuando su recibo estaba vencido.
Su mascota estaba sentada cerca, frustrada y cansada de su existencia, tal vez. Ella siempre ha absorbido mejor la poesía de la vida.
jueves, 12 de enero de 2012
Alarma
Cuando Reiko era cachorra aprendió, en sus horas de soledad y esperanza cuando se quedaba sola en el departamento que compartíamos los tres, que cuando el "beep" particular de la alarma de Jeep sonaba, seis pisos abajo y afuera, nosotros, o al menos él, acababamos de volver. Lo sabíamos porque, como reacción a tal alegría, Reiko comenzaba a chillar y era posible escucharla justo después de que las puertas de la camioneta se habían cerrado y la alarma había sido echada.
Tres años después, otro departamento y Reiko sigue chillando, expectante, cuando escucha ese sonido, ocho pisos abajo. Se queda esperando junto a la puerta un rato y después vuelve al olvido, siempre de noche; porque en el centro no se escuchan alarmas sino hasta ya entrada la noche y yo, que no puedo dormir y sin la esperanza de que alguien venga de vuelta, también me pongo a chillar.
viernes, 30 de diciembre de 2011
El paciente
La caminata hasta el consultorio fue tortuosa. Masas de personas balanceándose con torpeza inundaban las calles y las banquetas. La Alameda es ahora un parque de diversiones y, como el doctor no ha llegado, salgo del edificio y me siento en los escalones de un gran juego mecánico muy colorido que aun no está en funcionamiento. A unos pasos de mis pies veo algunos objetos que han sido barridos: un volante doblado, tres huesitos de pollo, tres colillas de cigarro, un pañuelo grasiento, mugre, un boleto de lotería sin suerte y un ratón seco con las patas y las piernas pintadas de azul marino. Un montón de desechos. La ciudad nos acumula.
sábado, 24 de diciembre de 2011
Navidad
Me pregunté qué pasaba hace un año, en el molde del calendario en el año pasado. Los registros indican pérdida de peso y de inspiración. Ahora estaría ayudando, aunque con bastante indulgencia, a mi madre a preparar la cena, hoy sería noche de envoltura de regalos; mi parte favorita del evento, probablemente tendría las piernas adoloridas por las compras hechas con prisa. Me acercaría al árbol para olerlo, pediría a mi hermano que bajara el volumen de la televisión para poder leer. Saldría a fumar un cigarro y miraría alrededor con una sensación entre nostalgia y culpa por no vivir más con mi familia, el frío sería reconfortante.
Bajo esta nube de suposiciones, del otro lado de la proyección, me encuentro varada en el edificio número treinta y nueve. Hoy no hubo electricidad durante el día. Ahora estoy en Starbucks y tengo miedo de volver a casa, de prender la luz y encontrarme sólo con la miseria de mi piso no adornado, polvoriento, lleno de pelos, la luz debería permanecer apagada. En el triángulo, el único, que no puedo ver cuando abro la puerta, se agita de emoción Reiko, la estrella navideña de este año.
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sábado, 3 de diciembre de 2011
Almas y hojas
Aquellas hojas no terminaban de caer. En el cuadro apenas se mueven, bajan; creemos, pero después de algunos años sin verlas tocar el suelo comenzamos a sospechar que, entre parpadeos, retroceden hacía las ramas, vuelven a ellas como enamoradas.
Bajan, amarillentas, azucaradas. Llaman para avisar que ya casi llegan y las almas sedientas de la tierra, ciegas, crédulas, alzan las manos, acercan las bocas, los sexos ansiosos y las hojas no llegan al suelo.
Las almas no las pueden tocar porque las hojas están superpuestas en nuestra pupila, son cataratas, manchas, no son más que motas de polvo fijadas en el cristal.
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