Tras mi propio rastro- Hechizos

jueves, 29 de agosto de 2013

Las formas misteriosas

Las bragas tienen un promedio de vida corto. Tienen un potencial altísimo de perderse y de arruinarse, las muy bonitas se rasgan con el más leve jalón, con la más leve muestra de entusiasmo, en las lavanderías simplemente desaparecen, anónimas, en el torbellino de prendas íntimas que une a unos con otros en perfecta armonía. Nadie cree que sea posible, (pero acabo de escuchar a mi vecina de un piso abajo gritarle a su perro que ladraba "¡ya!"), pero en situaciones de prisa o de incomodidad salimos corriendo de casas desconocidas sin calzones, esperando que en nuestra ausencia nos representen con dignidad. 
Alguien tocó a mi puerta por la tarde, era una chica con un acento sudamericano que no logré identificar. Reiko le saltó en la cara y la hizo retroceder muchos pasos en el pasillo. Venía a preguntar si podría usar mi secadora de ropa, mintió sobre sus razones, por supuesto, pero esas cosas no se niegan. Sobre todo si alguien tiene la desvergüenza de preguntar. 
Cuando fui al cuarto de lavado encontré sus pequeñas bragas azules de encaje en el piso, prueba última de que no eran las sábanas de su anfitriona lo único que quería secar, junto a ellas había un calcetín. Tomé ambos trapos y me dirigí a su puerta con una sonrisa irónica en el rostro -sospecho-. Nadie abrió la puerta, toqué de nuevo, Reiko movió el tapete de bienvenida. Nadie respondió. Dejé sus prendas colgadas de la chapa, en memoria de todos los calzones que aún lamento haber perdido.

domingo, 28 de julio de 2013

Somewhat

Me pregunto si se pueden sobrevivir setenta años sumida en la indiferencia, en medio de un bostezo. Estoy ahuecando mi cama de tantas vacaciones. El hoyo negro sigue succionando todas las posibilidades de felicidad, cifrando nuevas cada vez más complejas.
No hay miradas interminables al techo sin grietas de mi departamento, como las novelas me enseñaron que hacen los protagonistas tribulativos. Las grietas del techo van bien con las dudas existenciales, y como yo no tengo más pesares que no poder comprar un par de botas caras, mi techo se mantiene uniforme.
Entre los asuntos más relevantes que encuentro en mi vida está que volvió mi hábito de morder y chupar la ropa que traigo puesta; nunca la doblada, por ejemplo, ese las monjas me lo quitaron alguna vez y no sé si ahora puedo erradicarlo sola.
Tengo que decirle al psiquiatra que me distraigo fácil, que el decorado de cartón se cayó otra vez del escenario, que la ansiedad se viste de alergia, que los párpados se me están obscureciendo. Que estoy harta de pasar los días esperando, esperando...

Es una inmensa cobardía seguir tirada en esta cama y no estar volando por la ventana.

martes, 9 de julio de 2013

Un gesto

Me puse por primera vez la chamarra que compré cuando la temperatura estaba alrededor de los treinta grados. Últimamente en nuestros paseos nocturnos hace frío y el viento sopla en Gante. Hoy estrené. Durante un rato me dedico a lanzarle la pelota a Reiko, perseguirla, gritarle, felicitarla, me convierto en su payaso y ella en la reina.
Estoy acostumbrada a que a media noche la gente se nos quede mirando, parece ser que hacemos una pareja vistosa. Ella feliz y yo medio muerta, pálida y abatida. Algunos transeúntes se acercan, a los vagabundos les gusta saludar a los perros y preguntar sus nombres. Ya no les temo, aunque algunos me ponen nerviosa.
Pasó un comerciante de la calle con una bolsa negra de plástico al hombro, desde lejos vi cómo dirigía sus pasos para pasar a nuestro lado y cómo, ya más cerca pero habiéndonos pasado, se quedó de pie hurgando en su bolsa. Fingí no darme cuenta. Tiré la pelota. Me concentré en la misión de cansar a Reiko.
De repente estaba a mi lado ofreciéndome una rosa, preguntando si podía regalarme una flor. Lo miré esperando que diera el precio para poder decirle que no cargaba más que mis llaves pero él guardó silencio y tras una breve pausa preguntó de nuevo. Dije que sí y estiré la mano, todavía dudosa. Sostuvimos la mirada. Era joven y bien parecido. Me pasó la flor y se dio la vuelta. No sé si sonreí. Me quedé ahí parada, un poco sorprendida y pensando en las posibles formas en las que esta rosa podría llevarme a ser secuestrada y violada.
Ahora la flor está bien acomodada en una botella, sobre mi escritorio. Venenosa tal vez.
La ciudad está llena de mitos, de miedo a los desconocidos. 

miércoles, 5 de junio de 2013

Después del cine

La película me absorbió el ánimo. Vació mi capacidad para responder al mundo. El cine suele ser fácil de complacer -al menos las películas que yo voy a ver-, siempre sé qué esperan de mí: que me maraville, que las odie, que llore o que sienta ganas de cambiar mi vida. Ganas de cambiar mi vida. 
Salí de la función seca y confundida, sola. Regresar al mundo tridimensional es todo un trauma desde ese espacio negro y controlado que no exige operaciones complejas como responder ante la pobreza, la violencia y la intrascendencia.
Me siento sola. Tengo miedo de que mi depresión haya vencido a la cápsula de liberación prolongada que se suponía que la iba a erradicar de mi sistema, tan simple como las palabras lo dicen. Tengo miedo de que el caballero Symbyax yazca descuartizado en algún rincón de mi cuerpo. No quiero estar deprimida, pero no puedo dejar de sentirme sola y extraña. Extrañamente solitaria. 
Ya no confío en los antidepresivos, mejor me tomo un ansiolítico, me lavo la cara y me duermo.

martes, 7 de mayo de 2013

Contrapeso

Algo tenía que ser. La indiferencia ante las ollas con comida podrida, el dolor en el costado izquierdo, las ganas de amurallar la cama y desaparecer, la ansiedad incansable que la mantenía despierta y acalorada por las noches. Cada causa ha de tener su efecto. Olvidar vasos en el congelador no puede ser un acontecimiento completo en sí mismo. Tal vez el ruido, el polvo, la gente, el sol, eran las uñitas que escarbaban en su seno derecho. Pero no podía ser, era todo muy trivial para ser contrapeso de esos llantos, de esas ganas de pincharse las orejas y correr directamente hacia las paredes. Así que si todo estaba tan bien; la infancia, la familia, la pareja, el perro, el cuerpo, debía tratarse de cuestiones químicas y eléctricas. Los contrapesos imaginarios de los condenados. 

lunes, 29 de abril de 2013

Otra forma de colmo

Se me volvió costumbre llamar a los días malos, hasta he ampliado mi lista de adjetivos para incluir sutilezas y que este malestar no suene tan tedioso. Aparte de las nimiedades de denominación, hay un monstruo con patas y cuernos y colas que se instala sin miramientos y no importa cómo lo llame o si pretendo ignorarlo, causa sus estragos en mi ánimo sin compasión. Síndrome premenstrual no hace justicia a su naturaleza diabólica. 
Al salir de clases me consolé el hambre pensando que cuando llegara a casa había un envase de queso Philadelphia con pasta puttanesca que preparé hace una semana. Compré un snack para el camino y cuando llegué a casa estaba tan de buen humor que me decidí a preparar arroz teriyaki de bolsita. Abrí la ventana porque corría un viento agradable y el olor concentrado de Reiko no es para relajar a nadie. El agua estaba hirviendo en la olla y puse el arroz duro con polvo y vegetales petrificados dentro, tomé la bolsa para revisar las instrucciones y tuve que lanzar un grito, uno de esos gritos instintivos de auxilio antes de darme cuenta de que la bolsa se estaba quemando, gracias al efecto del viento sobre la flama, y mi dedo junto con ella.
Las ventanas se cierran hasta nuevo aviso. 

domingo, 24 de marzo de 2013

Ciertas vacaciones

El agua corre tibia sobre los desechos de la loza acumulada de la semana. Todos están de vacaciones. Mi perro chilla e inútilmente le pregunto por qué, como si no supiera que su felicidad consiste en correr nuevos pisos y oler la orina de sus semejantes en las esquinas. 
Lavo los platos, las tazas, los cubiertos y ese incesante sonido de agua hace correr mis propias lágrimas. Lágrimas de nada, podría decirse; o lágrimas de encierro; o lágrimas de arrepentimiento, sencillamente. Me inclino un poco en la pared porque el llanto es agotador, pero no dejo de fregar la cuchara; alguien tiene que poner orden en esta cocina, y esa no va a ser Reiko.