Tras mi propio rastro- Hechizos

jueves, 21 de mayo de 2015

Nadie se acuerda

Hace más de un año que no escribo nada aquí, tal vez porque tomé la costumbre de llevar un diario que consume tinta en lugar de dolores de cabeza. En ese diario tampoco sucede mucho, a decir verdad cada vez escribo menos porque ¿para qué? Y como dejé de escribir ahí regreso acá, con la esperanza de que los días recobren el sentido y yo pueda sentirme un poco menos angustiada y menos ansiosa. A veces la única manera de sobrevivir tanta nimiedad es pretender que los pequeños acontecimientos de la vida cotidiana son otra cosa, una cosa al menos digna de ser verbalizada, transmitida por medio de palabras -para que alguien o nadie reciba el lamento.
Reiko yace dormida a mi lado sobre la cama y sobre Noticias del imperio, hoy la ciudad está fascinada por un halo solar, en la calle todos tienen la cabeza torcida hacia el cielo, todos sacan fotos con sus celulares y luego siguen su camino. Cuando volteé a ver qué era eso que jalaba los ojos de los transeúntes hacia arriba encontré ese arcoíris circular y me pareció que no podría anunciar nada bueno (eso me dijo el primer vistazo), pero ahora sé que anuncia lluvia.
Me pregunto cuánto tiempo más va a seguir viéndonos ese ojo.

sábado, 15 de marzo de 2014

Disfraz

Tardé en darme cuenta, pasaron unos quince minutos en los que caminé y tomé el metro hasta que me percaté de que algo extraño ocurría con mi atuendo. No era sólo el que nadie más en el vagón dentro de mi rango de edad trajera una especie de conjunto de falda y blusa con el cabello recogido en una cola de caballo invertida, al verme reflejada en los cristales de la puerta junto a otras tres chicas me sentí absolutamente desentonada; fuera de lugar. Había una especie de solemnidad ridícula en el cuello alto de la blusa y los botones de perla de sus puños. Todo rematado por unos loafers poco amistosos.
Total: me dirigí a mi destino portando lo mejor que pude mi desfase temporal. En el centro comercial no me sentí más cómoda, así que decidí soltarme el cabello esperando quitarme algunos años de encima. 
-¿Mejor?
.¿En qué sentido?
-¿Parezco menos anciana?

Mi novio simplemente sonreía mientras yo maldecía y clamaba por los mejores tiempos en los que la gente se tomaba en serio lo que se ponía, aunque en realidad deseaba volver a mi casa para ponerme unos pantalones de mezclilla, una sudadera y borrarme la puntiaguda y gruesa línea negra que se elevaba sobre mis párpados.
Para romper la maldición y dejar claro que no carezco de sentido del humor, opté por comer una rebanada de pizza acompañada de una Pepsi. Al volver con la charola a la mesa, él simplemente comenzó:
-Había una serie porno en los ochentas de colegialas en la que, bueno, las señoritas llegaban a la escuela muy vestidas, así como tú y luego...
-Sí, me imagino. Me imagino.

lunes, 6 de enero de 2014

Aeropuerto

Me quedé sola con mis dos maletas. Se llevaron a Reiko en una jaula y mi papá y hermano caminaron hacia la salida. Cuando nos despedimos no pude verlos a la cara porque no quería que se dieran cuenta de que el llanto me había vencido desde que mi papá anunció que tenían que partir. Tampoco pude pronunciar ninguna despedida para no estallar en sollozos; me limité a abrazarlos y esconder el rostro, pero sé que sabían perfectamente que estaba llorando.
Apenas es cierto que la gente llora en los aeropuertos, hasta la fecha no he visto a nadie excepto en mi reflejo. Los niños me ven extrañados, debe parecerles curioso que alguien de mi estatura tenga la cara roja e hinchada con ríos corriéndole en todas las direcciones, igual que ellos cuando su mamá no los deja ir a jugar hasta que terminen su plato de comida.
No sé si quienes me pidieron mi pase de abordar, identificación, colocar mis pertenencias en una cesta y extender los brazos y dar la vuelta se dieron cuenta de las lágrimas, sospecho que no, pero tampoco esperaría un abrazo o una palabra amable de ellos.
Luego de pasar por los retenes salí corriendo al baño con la esperanza de poder chillar en paz, pero resultó imposible porque había una mujer hablando por teléfono sobre regalos de Navidad. Me limité a descongestionarme la nariz y llorar de forma queda un rato hasta que sentí que podía salir y controlarme, pero no fue así.
Una señora compró un sandwich por cincuenta y cinco pesos y me pregunto sobre qué estarán conversando mi papá y mi hermano mientras van de regreso por la carretera y los ojos se me inundan de nuevo. Menos mal que traigo mascara a prueba de agua. Tal vez debería encerrarme en el baño hasta que abordemos porque tengo muchos mocos y lágrimas y comienza a ser vergonzoso estar escribiendo para ocultar la cara y sentirme tan triste por tomar un vuelo de tres horas que me lleve de regreso al lugar hacia el que hace seis años tanto deseaba escapar. Los niños siguen merodeando a mi alrededor. 
Prometo ya no llorar. Ya tengo la cara hecha un tomate, cualquiera diría que me dirijo de emergencia para reconocer el cadáver de mi madre en el Distrito Federal.
En la fila para comenzar el abordaje un señor me dijo "disculpe, Dios la ama" y sin ganas de comenzar una discusión sobre Teología, asentí.

martes, 3 de diciembre de 2013

Casi miércoles

Reiko se ligó a un argentino bastante guapo en la entrada del Oxxo. Parece ser que mi perra atrae al tipo de hombre que a mí me gusta: alto, cabello ligeramente cano, ojos verdes y dispuesto a discutir con el cajero por trivialidades en torno a un encendedor. 
Se acercó a ella cuando intentaba dejarla sentada junto a la puerta para poder entrar y comprar una lata de comida para perro y una botella de agua. Desde la semana pasada la comida de Reiko se terminó, y como mi portera estuvo de vacaciones, hace cuatro días que el garrafón de agua se vació y he sobrevivido comprando botellitas caras. Todos los días bajo a comprar esas dos cosas. 
Entré al Oxxo, fui primero por la comida de perro y luego por el agua y a lo lejos veía cómo el guapo se ponía de rodillas para abrazar a mi perra. Vi sus zapatos porque no me atrevía a verle la cara, tan atractiva como era, temía fracasar en mi intento por disimular fascinación igual que fracasé antes en el intento de hablar cuando primero se acercó a saludar.
Esperaba que mi tarjeta resultara aprobada. A unos pasos veía cómo ponía su cabeza junto a la de ella y la acariciaba, Reiko movía la cola, la misma Reiko que unos minutos antes estaba meando como machorra las esquinas de todos lados en Gante, mientras yo me sentaba a verla, asegurándome de que, en celo como está, no huyera con algún tipo guapo de mediana edad y me dejara ahí sola, parada en la caja de un Oxxo, con la hoodie negra y vieja llena de pelos, con la cara de cansancio y el cabello desgreñado, seguramente. 

jueves, 24 de octubre de 2013

Tres días sin sol

Sentía cosquillas en los labios pero no ganas de hablar, ni ganas de escribir. Cada que alguien me hacía una pregunta el instinto me dictaba huir hacia el interior del horno prendido, de las páginas de un libro cerrado o llanamente mentir. 
Miento porque no tengo alternativa, la verdad es un ente difuso e inaccesible. Inexistente. 

La verdad ahora es crema dulce de coco y los pies calientes debajo de un perro enfundado en un suéter azul de lana y risa espontánea de estúpida, un poco de culpa, un poco de acidez estomacal, todo es culpa del topiramato, planes para el domingo, cosquillas en los labios, -a nadie le importa esto-, la verdad ya no me importa porque hace frío pero yo tengo los pies calientes debajo de Reiko y hoy el sol salió a las seis de la tarde para recodarnos que existe y despedirse de nuevo. 

lunes, 30 de septiembre de 2013

Cuasi tragedia

Una de las historias que serían increíbles si tan sólo no habrían surgido de "la realidad", sería el homicidio accidental que estuve a punto de cometer mientras cocinaba.
Con lo distraída que soy y lo entrometida que es Reiko el índice de catástrofes potenciales crece. Yo cortaba papas con el cuchillo más grande del arsenal, ya antes me han reprendido por cortar en dirección a mi pecho, ya antes me he golpeado la cara por aplicar mal la fuerza y hoy, mientras daba unos pasos ciertamente sin rumbo ni objetivo, empuñando el cuchillo en la diestra, Reiko se cruzó en mi camino y estuve a punto de apuñalarla. A decir verdad la imagen es bastante ilustrativa, dos entes vacilantes siempre a punto de matarse el uno al otro. Las pelotas mal puestas de la perra ya muchas veces han atentado contra mi columna vertebral.
¿Qué habría sido de mí? ¿Cómo se lo explicaría al psiquiatra?
Del pastel de papas directo al manicomio, tendría que llamarse mi libro de memorias.

domingo, 22 de septiembre de 2013

Siete minutos, más o menos

Ya mucho se ha dicho sobre el influjo que tienen los domingos sobre las personas que se encierran en su departamento, abatidas por la idea del lunes, creando una fortaleza temporal entre las sábanas y mirando fijamente la pantalla del televisor. 
Sin querer se encontró parada junto a la estufa leyendo un libro de cuentos de una escritora "feminista". Leía mientras se aseguraba de que la sopa no se pegara al fondo de la olla. Las burbujas subían, los gritos entusiastas de la calle que vendían trajes al tres por uno subían también y resultaba difícil concentrarse en las palabras estáticas que relataban prolongaciones de segundos en las conciencias artificiales de personajes apenas esbozados. 
Las preocupaciones sobre envíos de paquetes, dinero y la insuficiente limpieza de la cocina cruzaban como helicópteros ruidosos su concentración en el texto. Demasiado ruido era la constante de sus días, aún cuando a veces el ambiente se encontraba limpio. Cuando no se podía concentrar, un ligero dolor de cabeza comenzaba a apoderarse de la escena. El ruido era tal que sentía ganas de ponerse a llorar, romper el contrato de arrendamiento y mudarse a una habitación de paredes acolchadas, aislada de cualquier vibración audible proveniente del exterior.
En cualquier momento la sopa estará lista y el cuento va a haber llegado a su fin.