Tras mi propio rastro- Hechizos

lunes, 4 de febrero de 2013

La dieta

Habían pasado apenas dos días desde que depositó dos bragas, un pantalón, desodorante y otros componentes del kit de supervivencia en casas ajenas y, junto con la perra había mudado su residencia temporalmente a la casa de su amantenovio. 
Ya se había acostumbrado al lado derecho de la cama, ya se había acostumbrado a la antes extraña sensación de sentirse observada mientras fingía leer y en lugar de leer revisaba cuentas de Instagram ajenas, ya estaba acostumbrada a estar absorta en un texto y voltear de repente y encontrar los ojos de él perdidos en su dirección, como si la viera, pero no la veía, aunque tal vez la estuvo viendo, hacía ya algunos párrafos, cuando ella no fingía leer y seguramente (pero nunca lo sabría) lucía encantadora.
Desde hacía unas horas la habían asaltado unas ganas obsesivas de comer galletas, pero como el desayuno había sido excesivo y el almuerzo también sentía que no podía simplemente proponer ir al Oxxo a comprar porquerías, además cada dos días clamaba estar a dieta, lo proclamaba para que él le dijera que estaba flaca y que era innecesario. 
¿Mi brazo se ve como el de ella? -preguntó mostrándole la foto de una amiga cercana de brazos regordetes-. No, para nada -respondió él-. ¿Vamos al Oxxo?

domingo, 13 de enero de 2013

Una niña en el metro

Estaba toda vestida de mezclilla y traía un pequeño bolso rosa, iba muy atenta; como si estuviera cuidando a alguien, pero iba sola. Debía tener unos diez años. Usaba un aparato para la sordera. Su piel era morena e impoluta y a cada lado del rostro le colgaba una trenza de la que salían muchos pelitos crispados. 
Pasó una estación. Estaba sentada a mi lado y yo no podía dejar de mirar sus mejillas llenas y los ojos ligeramente rasgados. Tenía la bolsita sobre el regazo y las dos manos sobre ella.
Tuve ganas de acomodarle el fleco, acariciarle la cabeza, darle una frase, una palabra que la consolara en los años venideros cuando su piel dejara de ser perfecta, sus facciones se tornaran duras y su sordera insoportable. Me quedé mirándola dos estaciones más y pensé en que a ella también le llegará el día en que querrá desaparecer y me hubiera gustado darle un talismán contra la tristeza, tal vez porque me recordó a mi hermana cuando tenía esa edad y quise redimirme.
Se bajó del vagón y yo me puse a escribir. 

domingo, 9 de diciembre de 2012

Jugada

Quedamos en encontrarnos en un café a las siete de la tarde. Yo llegué temprano y estuve leyendo a Cortázar mientras esperaba. Lo vi llegar, revisé el reloj: llegaba tarde. Se sentó, me pareció divertido quedarme sentada y pretender no haberlo visto y que se parara a revisar de nuevo el lugar y me encontrara ahí, absorta leyendo a Cortázar y reaccionar sorprendida cuando tocara mi hombro. 
Lo veía de reojo, vi cómo sacó un libro y se puso a leer. Una masa humana prominente le impedía verme, lo supe porque yo podía verlo desde un ángulo que hacía el brazo apoyado en la mesa de la masa a través del que él no podría haberme visto, primero por la posición de su silla, segundo, porque estaba inmerso en su libro. Pasaron diez minutos, los conté. El juego ya no era divertido. Me levanté, fui hasta su mesa y muy indignada, por saludo le reclamé que no sólo llegara tarde sino que encima no me viera. Peleamos. 

domingo, 17 de junio de 2012

Domingo lluvioso

Estaba nublado desde que desperté, pero no llovía aun. Postergué el paseo de Reiko todo lo que pude, esto es, hasta que comenzó a chillar alrededor de mí mientras hablaba por teléfono y corría a tocar su cadena con la nariz y luego se sentaba junto a la puerta, haciendo ruidos que yo interpreto como mezcla de reclamo, desesperación y entusiasmo. Muy parecido a la película de 101 dálmatas, excepto que yo no componía ninguna pieza musical, solo iba de una página a otra en internet y nutría mis boards de Pinterest. 
Comenzó a llover poquito e ingenuamente me dije que era hora de ir, antes de que empeorara el clima y el humor de Reiko. Salimos. Conforme avanzábamos las cuadras que nos llevan al "parque" (no se puede hablar de parques en esta área del Centro) la lluvia se volvió más intensa y regular. 
En la calle de Regina (el parque) me senté en un rectángulo seco gracias a la terraza apenas saliente de algún departamento arriba y le quité la cadena a Reiko. Ella se sentó a mi lado. Las dos veíamos cómo la lluvia no paraba y mantenía y ampliaba su espejo sobre los adoquines, o al menos yo lo veía, Reiko quizás veía al otro perro con sus amos, a varios metros, resguardados los tres en la entrada de un edificio.
Caminamos un poquito más bajo la lluvia hasta el área verde, creí que quizás no le importaría mojarse a cambio de correr un poco, pero corrió un poco y de inmediato volvió conmigo a donde no caía tanta agua y se sentó; después de todo no es el perro intrépido que yo creo que en el fondo es. 
Así que volvimos a la franja seca, como cucarachas, y regresamos a casa.

sábado, 9 de junio de 2012

Ventana y terraza

Cuando abro la ventana Reiko se asoma la primera vez muy entusiasmada, alarga el cuello hacia afuera y mueve la cola, se queda ahí un momento, absorbiendo -yo supongo- la luz, los olores, los ruidos. Después regresa a recostarse en algún rincón del departamento y vuelve con intermitencia descuidada al cuadro de afuera.
A veces, en la terraza que se ve desde la misma ventana, la de un departamento en el piso de abajo, ronda otro perro. Reiko debe escuchar el tintineo de sus uñas cuando sale y camina sobre las losas de cerámica, porque de inmediato da un salto y corre hacia la ventana. Se miran, no ladran, no gruñen, no chillan. Permanecen quietos mirándose, con la noción de que algún tipo de vacío los separa, yo diría la muerte, pero ellos simplemente no saltan para tocarse. No son tontos. Tienen en medio escasos siete metros de aire y ninguno de los dos se inmuta porque no los puedan atravesar para mordisquearse las orejas y correr el uno tras el otro.
Una gaita toca frenética y repetitivamente la melodía de "Cielito lindo", y si yo tuviera colmillos y fiereza me lanzaría y le despedazaría la garganta al sujeto que la hace sonar. 

viernes, 25 de mayo de 2012

Síntoma

De alguna forma yo sabía que tú sabías que hoy no era un buen día para mí. Hoy no es un buen día. Si hubiéramos ido a cenar yo habría sido grosera con el mesero, habría cuestionado tu elección de atuendo, habría dicho que tengo náusea y mi plato se habría ido conmigo en un envoltorio a casa. Debiste notarlo por la mañana, cuando comencé a vestirme para salir, frente a la cama, mientras tú seguías acostado, y yo no quería más que regresar a tu lado y tener sexo y dormir de nuevo. 
Lloré mucho, soñé con mi madre y desperté segura de que mi hermano había muerto hace algunos años y yo había estado negándolo hasta hoy, tuve que concentrarme para comprobar que no fue así, todavía me lastima la certeza rebatida, la herida fue real por un rato. Duele. 
Dormí con una ventana abierta y sonó "Where's your head at" no sé si solo en mi cabeza o si la pusieron en el local de la esquina, abajo, en la calle. 
Tú yo yo no hemos hablado, yo estuve dormida y llorando toda la tarde, debes ir por ahí seguro de que no hace falta hablar hoy porque mañana ya habré olvidado y porque ya sabes que hoy lo único que puedo hacer es hablar incesantemente de lo mal que me siento y lo mal que van las cosas y lo mucho que extraño a mi hermano, que no ha muerto, y que necesito reajustar mis medicamentos y esto, ya lo sabemos. 
El día ha sido tan malo y lo que yo no sé -pero sí sé porque yo lo sé todo cuando escribo- es si pudo ser distinto, pero entonces confío en que tú sabrías y me tranquilizo. 

jueves, 5 de abril de 2012

Tornar

El duelo había sido escurridizo y engañoso, las justificaciones fueron varias, incluso a veces ridículas, pero daba lo mismo, se trataba sólo de creerlas por un ratito para establecer abismos y no volver. Ahora cuando lo piensas crees que alguien ya te lo dijo alguna vez y no lo creíste: al menos una de las canciones que eran tus favoritas, las favoritas de ambos, las que cantaban por turnos cuando iban de viaje, las que te ponían de buen humor, las que te hacían sonreír; ahora te hacen llorar. La voz de tu cabeza repite como en eco lo que acabas de descubrir, le otorga la fatalidad del presagio, lo que sea para no echar carrera de vuelta y regresar. Las lágrimas son las únicas que tienen permiso de correr porque no regresan.
Unos vecinos tres pisos abajo están sentados en su terraza, bajo mi ventana, y gritan que "está muy cabrón", y yo estoy de acuerdo, aunque ellos son unos perfectos imbéciles. 
Alguien te dice que a veces tu rostro se torna malvado, y te preguntas, tirada en la cama, si no te habían ya dicho esto antes.