Tras mi propio rastro- Hechizos

miércoles, 5 de junio de 2013

Después del cine

La película me absorbió el ánimo. Vació mi capacidad para responder al mundo. El cine suele ser fácil de complacer -al menos las películas que yo voy a ver-, siempre sé qué esperan de mí: que me maraville, que las odie, que llore o que sienta ganas de cambiar mi vida. Ganas de cambiar mi vida. 
Salí de la función seca y confundida, sola. Regresar al mundo tridimensional es todo un trauma desde ese espacio negro y controlado que no exige operaciones complejas como responder ante la pobreza, la violencia y la intrascendencia.
Me siento sola. Tengo miedo de que mi depresión haya vencido a la cápsula de liberación prolongada que se suponía que la iba a erradicar de mi sistema, tan simple como las palabras lo dicen. Tengo miedo de que el caballero Symbyax yazca descuartizado en algún rincón de mi cuerpo. No quiero estar deprimida, pero no puedo dejar de sentirme sola y extraña. Extrañamente solitaria. 
Ya no confío en los antidepresivos, mejor me tomo un ansiolítico, me lavo la cara y me duermo.

martes, 7 de mayo de 2013

Contrapeso

Algo tenía que ser. La indiferencia ante las ollas con comida podrida, el dolor en el costado izquierdo, las ganas de amurallar la cama y desaparecer, la ansiedad incansable que la mantenía despierta y acalorada por las noches. Cada causa ha de tener su efecto. Olvidar vasos en el congelador no puede ser un acontecimiento completo en sí mismo. Tal vez el ruido, el polvo, la gente, el sol, eran las uñitas que escarbaban en su seno derecho. Pero no podía ser, era todo muy trivial para ser contrapeso de esos llantos, de esas ganas de pincharse las orejas y correr directamente hacia las paredes. Así que si todo estaba tan bien; la infancia, la familia, la pareja, el perro, el cuerpo, debía tratarse de cuestiones químicas y eléctricas. Los contrapesos imaginarios de los condenados. 

lunes, 29 de abril de 2013

Otra forma de colmo

Se me volvió costumbre llamar a los días malos, hasta he ampliado mi lista de adjetivos para incluir sutilezas y que este malestar no suene tan tedioso. Aparte de las nimiedades de denominación, hay un monstruo con patas y cuernos y colas que se instala sin miramientos y no importa cómo lo llame o si pretendo ignorarlo, causa sus estragos en mi ánimo sin compasión. Síndrome premenstrual no hace justicia a su naturaleza diabólica. 
Al salir de clases me consolé el hambre pensando que cuando llegara a casa había un envase de queso Philadelphia con pasta puttanesca que preparé hace una semana. Compré un snack para el camino y cuando llegué a casa estaba tan de buen humor que me decidí a preparar arroz teriyaki de bolsita. Abrí la ventana porque corría un viento agradable y el olor concentrado de Reiko no es para relajar a nadie. El agua estaba hirviendo en la olla y puse el arroz duro con polvo y vegetales petrificados dentro, tomé la bolsa para revisar las instrucciones y tuve que lanzar un grito, uno de esos gritos instintivos de auxilio antes de darme cuenta de que la bolsa se estaba quemando, gracias al efecto del viento sobre la flama, y mi dedo junto con ella.
Las ventanas se cierran hasta nuevo aviso. 

domingo, 24 de marzo de 2013

Ciertas vacaciones

El agua corre tibia sobre los desechos de la loza acumulada de la semana. Todos están de vacaciones. Mi perro chilla e inútilmente le pregunto por qué, como si no supiera que su felicidad consiste en correr nuevos pisos y oler la orina de sus semejantes en las esquinas. 
Lavo los platos, las tazas, los cubiertos y ese incesante sonido de agua hace correr mis propias lágrimas. Lágrimas de nada, podría decirse; o lágrimas de encierro; o lágrimas de arrepentimiento, sencillamente. Me inclino un poco en la pared porque el llanto es agotador, pero no dejo de fregar la cuchara; alguien tiene que poner orden en esta cocina, y esa no va a ser Reiko.

lunes, 4 de febrero de 2013

La dieta

Habían pasado apenas dos días desde que depositó dos bragas, un pantalón, desodorante y otros componentes del kit de supervivencia en casas ajenas y, junto con la perra había mudado su residencia temporalmente a la casa de su amantenovio. 
Ya se había acostumbrado al lado derecho de la cama, ya se había acostumbrado a la antes extraña sensación de sentirse observada mientras fingía leer y en lugar de leer revisaba cuentas de Instagram ajenas, ya estaba acostumbrada a estar absorta en un texto y voltear de repente y encontrar los ojos de él perdidos en su dirección, como si la viera, pero no la veía, aunque tal vez la estuvo viendo, hacía ya algunos párrafos, cuando ella no fingía leer y seguramente (pero nunca lo sabría) lucía encantadora.
Desde hacía unas horas la habían asaltado unas ganas obsesivas de comer galletas, pero como el desayuno había sido excesivo y el almuerzo también sentía que no podía simplemente proponer ir al Oxxo a comprar porquerías, además cada dos días clamaba estar a dieta, lo proclamaba para que él le dijera que estaba flaca y que era innecesario. 
¿Mi brazo se ve como el de ella? -preguntó mostrándole la foto de una amiga cercana de brazos regordetes-. No, para nada -respondió él-. ¿Vamos al Oxxo?

domingo, 13 de enero de 2013

Una niña en el metro

Estaba toda vestida de mezclilla y traía un pequeño bolso rosa, iba muy atenta; como si estuviera cuidando a alguien, pero iba sola. Debía tener unos diez años. Usaba un aparato para la sordera. Su piel era morena e impoluta y a cada lado del rostro le colgaba una trenza de la que salían muchos pelitos crispados. 
Pasó una estación. Estaba sentada a mi lado y yo no podía dejar de mirar sus mejillas llenas y los ojos ligeramente rasgados. Tenía la bolsita sobre el regazo y las dos manos sobre ella.
Tuve ganas de acomodarle el fleco, acariciarle la cabeza, darle una frase, una palabra que la consolara en los años venideros cuando su piel dejara de ser perfecta, sus facciones se tornaran duras y su sordera insoportable. Me quedé mirándola dos estaciones más y pensé en que a ella también le llegará el día en que querrá desaparecer y me hubiera gustado darle un talismán contra la tristeza, tal vez porque me recordó a mi hermana cuando tenía esa edad y quise redimirme.
Se bajó del vagón y yo me puse a escribir. 

domingo, 9 de diciembre de 2012

Jugada

Quedamos en encontrarnos en un café a las siete de la tarde. Yo llegué temprano y estuve leyendo a Cortázar mientras esperaba. Lo vi llegar, revisé el reloj: llegaba tarde. Se sentó, me pareció divertido quedarme sentada y pretender no haberlo visto y que se parara a revisar de nuevo el lugar y me encontrara ahí, absorta leyendo a Cortázar y reaccionar sorprendida cuando tocara mi hombro. 
Lo veía de reojo, vi cómo sacó un libro y se puso a leer. Una masa humana prominente le impedía verme, lo supe porque yo podía verlo desde un ángulo que hacía el brazo apoyado en la mesa de la masa a través del que él no podría haberme visto, primero por la posición de su silla, segundo, porque estaba inmerso en su libro. Pasaron diez minutos, los conté. El juego ya no era divertido. Me levanté, fui hasta su mesa y muy indignada, por saludo le reclamé que no sólo llegara tarde sino que encima no me viera. Peleamos.